internet casino

viernes, 8 de febrero de 2008

"Mi patria ensangrentada"

Lamento ver cómo mi patria se hunde en diatribas y conjeturas inútiles; palabras deshechas son las que tienen primacía en estos tiempos de campaña electoral.
Discutimos y defendemos, argumentamos y ofendemos; pero no perseguimos ideales ni soluciones, sólo nos complacemos en hundir a los demás muy por debajo de nuestras posturas políticas.

¿De qué nos sirve defender a rajatabla figuras de barro, con limitaciones y defectos igual que nosotros? ¿Es que acaso los políticos se acuerdan de nosotros a la hora de valorar sus propias prioridades? No veo en esto ninguna gratificación personal, ya que poco a poco nos volvemos cortos de vista y vemos como virtud cualquier acción que emana de un ser humano que es presa del “culto a la personalidad”.

En estos tiempos hace falta el estruendo del trabucazo de Ramón Matías Mella, para que nos haga volver a la realidad de que este pueblo debe de vivir libre de esas máculas que cada día nos hunden más en la miseria y la pobreza. No quiero escuchar mas criticas ni insultos, deseo ver comunicadores adheridos al espíritu de Juan Pablo Duarte, que se preocupen por su patria y que posean la libertad del pensamiento que los ayude a rechazar cualquier acción que atente contra su dignidad y moral. No esta de más repetir las tres fuentes de prosperidad para nuestra nación: Dios, Patria y Libertad.

A la clase política les hablo: No nos distraigan más, no nos formen como personas mediocres que después no puedan desarrollar el sentido de valía personal.
No nos transporten a un paraíso de ilusiones, no afinen nuestros oídos con más y más promesas, ya que la experiencia nos comenta que ustedes suelen esfumarse cuando llega a sus manos la antorcha del poder. ¿Entonces quieren nuestros votos para después no escuchar nuestras propuestas? ¿Quieren nuestros gritos de apoyo para entonces después no escuchar nuestros clamores?

Mi patria se debilita producto de una hemorragia, ustedes sólo nos observan y al final ni se lamentan…

martes, 4 de diciembre de 2007

"Don Marcheno Siniestro"

Bienvenidos al Valle del Limón. Lugar apartado en lo alto de las montañas veganas, donde el cantar de los ruiseñores sirve de elíxir al alma y el sonar de los grillos encuentra su eco en el anochecer. Remanso de paz en el cual los árboles y las llanuras conversan bajo un cielo soleado y donde los frutos son amplios en tamaño y variedad.

Esta es una de las historias nunca antes contadas, fascinante e intrigante como su personaje, Don Marcheno Siniestro. Bienvenidos a su rancho.

Don Marcheno Siniestro, terrateniente poderoso, general retirado, es un personaje cruel hasta la saciedad, muy severo con sus sirvientes, y poseedor de una disciplina férrea inculcada por sus largos años de carrera militar. Ha decidido pasar el ocaso de su vida retirado en su campo acompañado de su esposa y sirvientes, donde cohabita también con una gran variedad de animales silvestres y domésticos. No tiene muchos amigos en el pueblo debido a su tosco y huraño carácter. Sólo cuenta con su compadre, llamado “Monchito”, quien vive un poco retirado de este rancho, pero que sigue siendo un visitante asiduo del mismo. Don Marcheno y su compadre Monchito han sido compañeros de aventuras y derroches desde hace muchos años ya.

Don Marcheno suele cazar diariamente aves y conejos como parte de su diversión y a la vez posee una gran yunta de bueyes, que son forzados a trabajar en el arado arduamente.

Una mañana de abril Don Marcheno se levantó como de costumbre, reclamando su desayuno a grandes voces mientras sus sirvientes se apresuraban a llevarle primero el café a la cama.

Al acercarse a la mesa y ver a su esposa Lucía sentada en el borde de ésta, esperándolo para desayunar, se apresuró a exclamar:

- ¡Mujer, pero cambia esa cara! ¡Tan temprano es y ya tienes cara de muerta! Jajaja, debería yo de colocarte como espantapájaros en el conuco, así a lo mejor haces una mejor función en la vida.

Lucía, mujer amargada y tolerante, tiene ya toda su vida matrimonial desayunándose con las burlas de su “gran y gentil” esposo Don Marcheno.

-Marcheno-le dice ella-, cuándo llegará el día en que tú me digas cosas agradables.
Mira mis manos; están ya mustias de tanto fregar, cocinar, planchar y de lavar tu ropa diariamente y tú ni lo agradeces…

Don Marcheno, enrojecido por la ira, vocifera:

- ¡Ahí vienes tú con la misma cantaleta de siempre, tú eres mi sirvienta, a mí me lo debes todo! ¡Así que no me reclames más!

El silencio reinó por varios minutos hasta que el sonido habitual de la puerta de entrada lo desplazó. Acababa de llegar Monchito, compadre de Don Marcheno, con un semblante acongojado bajo su gran sombrero arrugado…

- ¡Monchito!- exclamó Don Marcheno. ¡Que alegría verte! Siéntate, ven siéntate.

- Ay compai, uté no sabe lo que me ha pasao a mí -expresa Monchito.

- Dígame compadre, ¿en qué le puedo ayudar?- preguntó Don Marcheno mirándole fijamente a los ojos.

-Mire compai, tengo unos bollos de problema que me duele hata el cocote del cansancio, explica angustiadamente Monchito-. Oh compai, uté no sabe que yo me puse a jugar a los gallos y lo perdí tó!-.

Don Marcheno se ruboriza y se siente invadido por una furia incontrolable que hasta se le derrama el café sobre la mesa y piensa para sí: “Estos campesinos bastardos, lo más seguro le hicieron trampa”. Luego preguntó:

- Pero compadre, ¿cómo así que lo perdió todo? ¿Lo jugó todo?

- Sí, compai. Yo toy ahora mimo que quiero comeime un cable pa ver, pa ver…, si me electrodecocoto!- vocifera Monchito.

- Cálmese, compai- expresa Don Marcheno-. Cuénteme, ¿cómo fue que ocurrió todo?

- Oh coooompapaiiii!- Yo fui de lo má contento a la gallera con mi gallo entre lo brazo- explicó Monchito, mirando fijamente a su compadre-. Cuando de repente oigo que Chechelo, el lechero, me grita y me dice: ¡A que tu gallo no le gana al mío! Mire compai, yo en ese momento sólo pude decirle: ¡Vamo a apotarlo tó! Imagínese compai, yo me sentía seguro de que mi gallo era un veidugo; entonces, pa no cansarle el cuento compai, le dije que firmáramos delante de todo el mundo de que la apuesta iba. Lo apostamos todo: la casa, el motor, los caballos, los ahorros, ¡todo compai!

Monchito, exasperado, se seca el sudor de la frente y prosigue:

- Compai, cuando yo firmé, le voy a testimoniar que sentí como unos sudores al pensar en lo que me diría mi mujer cuando supiera que yo aposté hata la casa en que vivimos. Bueno, entonces comenzó la pelea. Compai, toooo el mundo taba sonriéndome, como en son de demostrarme de que mi gallo seguro que iba a ganar. Imagínese, mi gallo era colorao y má grande que el gallo de Chechelo, que era petiseco y parecía mal comío. Pero a los varios minutos de comenzar la pelea compai, veo que el gallo de Chechelo se le encarama arriba al mío y le picotea un ojo y mi gallo al instante se va en sangre y se cae. ¡Ya no podía vei compai! Monchito, de repente, se levanta de su asiento y con labios temblorosos le susurra por lo bajo a Don Marcheno: Compai, yo vine a pedirle la ecopeta pa daime un tiro entre la sien.

Paralizado Don Marcheno ante la imagen de su compadre en semejante estado, comprendió que Monchito hablaba en serio. Estaba acostumbrado a ver a su amigo siempre radiante, mostrando una sonrisa que siempre relucía entre sus labios; se había acostumbrado incluso a la voz estridente que éste posee.

- Pero Monchito, ¿tú te estás volviendo loco? - pregunta enfadado Don Marcheno-. ¿Es que acaso no sabes que en la vida hay altas y bajas? No, Monchito, no. Dime, ¿qué quieres que hagamos? ¿Le entramos a golpes a Chechelo para que te devuelva lo tuyo?

- ¿Pero y cómo compai?- pregunta Monchito- Ya no vale la pena, mis hijos y mi mujer me dejaron y ya no quieren volver a verme, - sus ojos se inundaron de lágrimas al instante-.

Don Marcheno no es del tipo de personas que tienden a ser sensibles a las necesidades ajenas, pero ese día fue la excepción. Hizo un breve ademán a uno de sus trabajadores que estaba cerca y en seguida le ordenó:

- Arregla un aposento para el compadre, consíguele una vasinilla y un gran tarro de agua por si le da sed en la madrugada.

Después de dicho esto, Don Marcheno se dirige resueltamente hacia su compadre y exclama:

¡Bienvenido a mi rancho, compai! No se preocupe ni por comida, ni por bebida, ni por dormida, que ya yo le resolví. ¡Mientras tanto, iremos a cazar todos los días!

Su compadre, agradecido, esboza una leve sonrisa y asiente con dificultad

Al cabo de varios días, Don Marcheno se dirige bien temprano hacia los alrededores de su gran rancho junto con su perro, llamado Fifito, con el fin de supervisar el trabajo de sus sirvientes y el buen desenvolvimiento de sus demás animales. Fifito era uno de esos perros que se han acostumbrado a tener el fango como alimento y la lluvia del cielo como sustento. Su amo nunca se preocupaba porque éste probara bocado, sólo se ocupaba de abusar de él cada vez que sus ladridos no lo dejaban dormir.

Al dirigirse al establo, observa que uno de sus caballos se muestra reacio a obedecer a uno de sus capataces; Don Marcheno se detiene, se acerca al animal y le susurra:

- ¿Acaso no quieres trabajar hoy, caballito?

El caballo parecía asustado, mostró sus ojos desorbitados y luego relinchó impulsándose hacia atrás. Don Marcheno, enfureciéndose, le propinó varios golpes bajos al animal, dándole fuertemente con su bastón, y exclamó a gran voz:

- ¡Mereces mucho más que estos golpes, mugriento caballo! ¡La próxima vez que cometas una malcriadeza, te romperé los dientes!

El animal se quedó completamente inmóvil. Don Marcheno prosiguió su camino y se dirigió hacia el arado. Al llegar allí, observaba cómo sus trabajadores golpeaban a los bueyes para que siguieran trabajando duramente la tierra. El rostro de Don Marcheno pareció alegrarse y sus grandes ojos negros mostraban una malicia indescriptible. Sentía placer al ver cómo los animales eran maltratados, y entonces, con aspecto de verdugo inhumano, dijo a uno de sus trabajadores que no dejaran de amarrar las cargas sobre las bestias por más cansadas que parecieran.

Luego de dicho esto, se dirigió de vuelta a su vivienda.

Desde que su compadre Monchito recibió alojamiento en este rancho, Don Marcheno ya no se sentía solo. Siempre acudía en busca de Monchito a fin de cazar junto con él los animales que más tarde comerían, y éste era uno de esos días que no cambiaría por nada.

Pero al dirigirse al dormitorio de su compadre, se llevó una gran sorpresa. Su compadre no se encontraba. “¡Qué raro!-pensó Don Marcheno- ¿Acaso no se acuerda Monchito que tenemos que ir a cazar?”

Don Marcheno, dubitativo, se dirige luego hacia su habitación y observa a su esposa todavía dormida. Cuando se queda parado en el umbral de la puerta, siente una repulsión interior hacia lo que acaba de divisar en el interior de su dormitorio: La caja fuerte que estaba oculta debajo de la meseta donde coloca sus libros, se muestra abierta de par en par. Al acercarse a ella se da cuenta de que los objetos que antes se encontraban allí, ya no estaban.

De repente, en todo el dormitorio, se escucha una voz estentórea que exclama:

-¡Pero qué rayos está pasando aquí! ¡No puede ser, NO PUEDE SER, MALDICION!!!-

En esta antigua caja fuerte, Don Marcheno acostumbraba a guardar sus más preciadas posesiones, tales como cuatro relojes de oro combinados con diferentes piedras preciosas e incrustaciones de diamantes, certificados de títulos de propiedad, varias joyas preciosas y una gran cantidad de dinero en efectivo.

Para su mala suerte, la caja se encontraba completamente vacía. Todo indicaba que su “gran compadre y amigo de confianza”, Monchito, sí conocía la contraseña de seguridad de este depósito. No se sabe cómo, pero la conocía. Había aprovechado el momento de la ausencia de su compadre Don Marcheno para sustraer los bienes y huir con ellos hasta donde “el diablo dejó la última chancleta…”

El grito de decepción e impotencia de Don Marcheno se escuchó en todo el rancho; su esposa se levanta sobresaltada y los sirvientes llegan corriendo en tropel al cuarto de donde procedían los gritos.

- ¡No puede ser, no puede ser! Monchitooooooooo!!!!!! ¡Desgraciado, desalmado, malagradecido!!! -vociferaba desmesuradamente Don Marcheno-. Vengan, vengan- exclamaba a sus sirvientes- busquen a Monchito, que el malvado me ha robado.

Julián, su mayordomo principal, muestra una cara de desconcierto al no poder creer lo sucedido. Don Marcheno se dirige hacia él y con su ronca voz le exclama:

- ¡Me han robado Julián, me han robado! ¡Monchito se lo ha llevado todo! ¡Todo!

Al cabo de varios segundos, un total de cinco hombres salieron disparados de la casa con sus armas enfundadas para cruzar los matorrales en busca del compadre ladrón.

Mientras, en la Madriguera…

Al margen de este gran barullo, una reunión de gran importancia tiene lugar en una cueva un poco alejada del rancho, bautizada como La Madriguera, por los animales que la frecuentan. Estas criaturas conjuradas alrededor, todas pertenecientes a Don Marcheno, han decidido formar parte de un grupo disidente a las órdenes de su amo.

Este equipo consta de caballos parlantes, vacas perezosas, bueyes malhumorados, cotorras chismosas, tímidos conejos y su líder, Fifito; el perro de caza de Don Marcheno. Fifito, cansado de soportar tantos vituperios de parte de su amo, está indignado ante el hecho de tener que contemplar el abuso de Don Marcheno hacia otros animales y hacia él mismo; por lo tanto, ha decidido formar un equipo que luche en contra de los abusos que se cometen en ese rancho.

- Fifito, ¿cuándo comenzaremos el ataque?- pregunta con desazón el caballo parlante- ¿Podré patear al amo bien duro en el pecho? ¿Podremos lastimarlo?

- Te dije que no utilizaríamos la violencia, caballo- se apresura a responder Fifito-. Sólo basta con que escuche nuestras palabras y que pueda darse cuenta de la realidad. .

- Pero, ¿y qué piensas hacer al respecto Fifito?- exclama Lola, la cotorra.

- Tengo un plan, Lola, tengo un plan. ¡Es mejor luchar con las palabras antes que con las armas!- responde Fifito.

- ¡Fifito!- exclama el caballo otra vez- ¡Pero ya llevamos alrededor de dos semanas madrugando para debatir este problema! ¡No esperaré a que el amo se dé cuenta! ¡Estoy dispuesto a atacar!

Dentro de esta gran cueva serena y oscura, sólo se reflejaban las lucecitas parpadeantes de los diferentes cocuyos que zumbaban alrededor. La Madriguera se había tornado para ellos como una especie de campamento, donde trazaban sus estrategias y líneas para el esperado ataque. Su líder se dirigía hacia la multitud desde la roca más elevada con histriónicos ademanes y tono áspero. Estas criaturas compartían el mismo lenguaje animal y parecían simpatizar por una misma causa. De haberse presentado cualquier ser humano cerca de este lugar, tan sólo escucharía ladridos, zumbidos, aleteos y bufidos.

-¡Calma!- se apresura a expresar Fifito- Ya sé lo que vamos a hacer, mis queridos compañeros. Atacaremos hoy mismo, pero antes que este gran acontecimiento tenga lugar, necesito dirigirles algunas palabras.

La expresión de Fifito se tornó lúgubre, como atiborrada de dolor; sus redondos y grandes ojos se humedecieron al instante y se oyó una voz quebrada pronunciar:

-¡Escuchen mis palabras! Oh, animales y bestias del campo. Ustedes que tienen los lomos agrietados, las orejas cercenadas y las patas desgastadas. Toda nuestra corta vida hemos trabajado para las disposiciones de un ser humano, que por su naturaleza ruin e imperfecta, nos ha proporcionado todo tipo de abusos e improperios. La gran parte de las heridas de nuestro cuerpo y alma, han sido propinadas por este malvado amo y sus crueles vasallos- Fifito se ruborizaba aún más- Pero estos desalmados humanos, creen que ellos son los únicos capaces de sufrir y de maltratar, de llorar y de reír, de cantar y de sentir, desdeñando así nuestras capacidades innatas. Ya ha llegado la hora de reclamar nuestros derechos, no podemos delegarlos en otros, es hora de hacerle frente a estos abusos que a diario nos agobian. ¡Creo firmemente que nuestra función es causar felicidad y bienestar a la humanidad y el deber de la humanidad es proporcionarnos amistad y confianza! ¡Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, pero desgraciadamente, el hombre muchas veces no es nuestro mejor amigo!

Si alguien hubiera presenciado este momento, notaría cómo el resoplido de estos animales iba en aumento y cómo las pupilas de sus ojos se dilataban y se tornaban de un color rojizo. Terminado este discurso majestuoso, una ovación inusual se oyó hasta en los puntos más recónditos de esta cueva y de repente, Fifito fue levantado sobre los cuernos del buey y vitoreado por los demás. A grandes voces exclamaban:

-¡Vamos a luchar! ¡Vamos a pelear! ¡Vamos a nuestro amo, reclamar!

Y así, Fifito, seguido de la turba de animales, se dirigía a la casa de Don Marcheno y no dejaba de exclamar a grandes voces: ¡Libertad!.....

Mientras sucedía esto con los animales, Don Marcheno caminaba nervioso por los rincones de su habitación. Sus ojos, enrojecidos por la ira, desprendían unas discretas lágrimas que recorrían sus mejillas hasta llegar a lo más profundo de su barba; sus pies no podían parar de moverse, la habitación le daba vueltas y su boca no dejaba de balbucear algunas incoherencias. Pero su mujer se mostraba muy tranquila…

Don Marcheno, enfurecido con su esposa, le reclamaba a ésta, segundo tras segundo, el daño causado por su descuido:

- Pero mujer, ¡por Dios!, ¿cómo rayos no te diste cuenta cuando Monchito entró?- le preguntaba airadamente Don Marcheno.

Lucía, mirando fijamente a su esposo a través de sus grandes ojos marrones, se mostraba más tranquila y afable de lo normal. Se limitó a no contestar, y al divisar a través del ventanal la gran cantidad de animales que se acercaban en tropel hacia la casa, un poco nerviosa, le preguntó a Don Marcheno:

- Marcheno, ¿y qué hacen esos animales fuera de sus casetas?

Don Marcheno se volvió y al instante comprendió que algo no andaba bien. Con sus grandes cejas arqueadas, se apresuró a salir de su habitación hasta llegar al comedor, del comedor dobló hacia la izquierda y entró en la sala de estar donde movió bruscamente el estante buscando su fiel escopeta. Luego, dirigiéndose rápidamente hacia la entrada principal, se apresuró a abrir la puerta y quedó atónito al presenciar aquella gran reunión de animales. Pensaba para sí: “¿Qué rayos está pasando aquí?”

Se escuchaban grandes voces; voces afinadas y combinadas, todas al unísono, entonando el gran “Himno Animal” (desconocido para los humanos y común entre los animales del campo), que decía así:



Animales valientes, cantemos
por un trato humano mejor,
que el corazón cruel se estremezca
ante nuestro sufrido clamor.

Que se detengan la fusta y los gritos
para así esconder los colmillos;
que se respete el reino animal
para así poder todos juntos cantar.

No nos gusta que nos griten
no nos agrada la calamidad,
sólo queremos que nos cobijen
bajo un manto de seguridad.

Cantamos por nuestros caídos
por aquellos sin esperanza;
para que algún día los humanos
nos brinden amor y tolerancia.

Este universo es para todos,
para el león, para el tiburón,
por lo tanto insistimos,
en que se respete hasta el lirón.

Don Marcheno Siniestro, ensimismado en sí mismo, emitía ligeros gemidos indecibles. El terror y la confusión que sentía hacia lo que acababa de presenciar se apoderaron de él completamente, provocando que se balanceara hacia atrás y se resbalara al tratar de sostenerse en la barandilla cercana a la puerta.

Fifito, con pasos resueltos, se dirigió hacia él, y mirándolo fijamente le susurró al oído:

- ¿Ahora nos entiendes, humano vil y cruel? ¿Es que acaso no te acuerdas del antiguo dicho que dice: “No hagas a los demás lo que a ti no te gusta que te hagan”?

- Pe, pe, pe, peeerooo, us-te-des ha-blan.- repuso Don Marcheno aterrorizado.

-Sí, hablamos y sentimos.-exclamó furiosamente el perro Fifito-. Y que te quede claro, no vuelvas a meterte con otro de nuestra especie.

Dicho esto, Fifito se dio la vuelta y con un ademán de sus grandes orejas, hizo que caballos, bueyes, vacas y conejos, le siguieran hacia las espesuras de los matorrales…

Varios meses atrás…

Hacía varios meses, en esta misma puerta principal, sentados en la escalera, Lucía y Monchito tuvieron una furtiva y discreta reunión a altas horas de la noche. Se reunían a escondidas de Don Marcheno. Alumbrados por una lámpara humeadora que reposaba en el rellano, hablaban en un tono muy bajo; sólo se podía escuchar leves murmullos donde expresaban:

- Lucía, no puedes seguir viviendo bajo los abusos de Marcheno-susurra Monchito- Toy dipuesto a ayudarte. Podemos huir; mi esposa también etá dipueta a ayudarte, me dijo que si tuviera en tu posición, hace rato que hubiera cogido sus motete y se hubiera largado.

Lucía, con su cara apesadumbrada y mostrando un aspecto demacrado, pregunta:

- ¿Pero, cómo puedo yo huir, Monchito? ¿Cómo crees que podré marcharme sin que Marcheno se dé cuenta?

Monchito, con rostro radiante y dirigiéndole una mirada cómplice, le susurra al oído:

- Lucía, tengo un plan y necesito que me ayudes. Vamos a robarnos tó los cuartos de Marcheno que tán en la caja fuerte, nos escapamos con mi familia hacia otro pueblo bien lejos, y con eso cuartico, montamo una bodeguita y nos mantenemos mientras tanto hasta que consigamos otro lugar mejor.

Lucía no podía creer lo que estaba escuchando. “Yo nunca he robado- pensó para sí.- pero acaricio en mi mente la idea de poder marcharme sin mirar atrás, poder contemplar un nuevo amanecer lejos de Marcheno, aunque eso implique cometer un acto indebido e incorrecto”. De repente, como despertando del ensueño en que se encontraba, hizo un gesto de burla ante la mirada inquisitiva de Monchito.

- Monchito, Monchito, soñar no cuesta nada- expresa Lucía- ¿Cómo piensas acaso que vas a poder entrar a la habitación y forzar la caja fuerte?

- Yo sé como hacerlo, de todos modos ya tengo la clave de la caja fuerte.-responde Monchito resueltamente.

Lucía, con ojos desorbitados y expresión asombrada, pregunta:

-¿Cómo la conseguiste Monchito? ¿Cómo? El nunca revelaría ese secreto a nadie, ¡NUNCA!-.

- Acuérdate que soy su compadre, Lucía.- responde Monchito- Recuerda que en la confianza muchas veces es que tá el peligro. Bueno, mira lo que pasó, hace varios días, tábamos jugando al dominó y tábamos medio pasados de trago. Yo aproveché la ocasión para proponerle que cada uno nos confesáramos nuestro secreto má valioso. Marcheno, ebrio en sí, me dijo que su mayor secreto estaba en su caja fuerte y que ni muerto confesaría a nadie su contraseña. Luego, preferí retirar mi propuesta y dejarla pa má adelante, cuando la noche se tornara má ocura. Seguimos bebiendo y bebiendo, hasta que Marcheno se taba cayendo de la silla y no paraba de vociferar los siete dígitos de la clave. A lo primero, yo no me la taba llevando, pero después, me dije a mí mismo, borracho como un perro: “Ay espérate, que el condenado me tá confesando”. El siguió repitiendo y repitiendo los números hasta que se me quedaron grabados en la mente, muchacha.

Lucía no podía dar crédito a lo que oía. Maravillada ante lo ocurrido, preguntó:

- ¡Monchito! ¿Pero y cómo entrarás a la habitación y abrirás la caja fuerte sin que Marcheno se dé cuenta?

- Lucía, miiiiija, te dije que ya lo tengo todo caiculado.- repone Monchito con cierto aire de superioridad- Yo me voy a hacer pasar como si lo hubiera perdido todo y me hubiera quedao sin mujer y sin muchacho. Le voy a decir al compai que lo peidí todo jugando a los gallos, y que no tengo donde dormir. Toy casi seguro, que él me dirá que no me preocupe, que me va a encontrar un lugarcito en la casa mientra tanto. Entonces, en seguida que yo vea que él sale a dar una de las vueltas por el campo que siempre da, yo entro a la habitación, tú te haces la dormida, yo saco todo lo que hay dentro y luego enviaré a un primo mío a buscarte a la medianoche en este mismo lugar.

- Pero, ¿y si te agarran Monchito?- pregunta atentamente Lucía.

- No, mija, qué va. Pa agarrarme a mí hay que ser Félix Sánchez.-responde con sorna Monchito.

Esta reunión peligrosa, que tuvo con Monchito varios meses atrás, sólo hizo despertar en Lucía el deseo de escapar. Ya no aguantaría más abusos, ni más desprecios. Confió a ciegas en el plan de Monchito, esperando el día en que éste lo ejecutara. El día había llegado, Monchito había huido con el dinero, con las joyas y las pertenencias de Don Marcheno. Ella trataba de disimular a cada momento los nervios que sentía y esperaba con ansias la medianoche para poder empacar sus cosas y huir junto con la familia de Monchito bien lejos del rancho.

Al notar el silencio poco habitual que había en la casa, después de haber cavilado sobre tantas aventuras y riesgos, decidió levantarse para ver qué le ocurría a Don Marcheno. “Después de que abrió la puerta principal, no lo he vuelto a oír, ¡qué raro!”-pensó repentinamente-.

Al detenerse en el umbral, contempla a Don Marcheno sentado cabizbajo en la escalera, hablando y actuando como si fuera un simple extranjero que hubiera venido del mundo de las ideas. La escopeta se encontraba tirada en el fango a cinco metros de él, su ropa y sus zapatos estaban mugrientos, su cabello estaba totalmente despeinado, su boca salivaba a la vez que tartamudeaba estas palabras:

“Un animalito, dos animalitos, tres animalitos, ¡PUM!”

Lucía, con cara ceñuda se acerca a Don Marcheno y le pregunta:

- Marcheno, ¿estás bien? Se acercó más todavía al rostro de su esposo y asombrada le preguntó: Marcheno, ¿me escuchas?, ¿qué te ha pasado?

La voz de Don Marcheno pasó a ser murmullo, y ese mismo murmullo se alejaba más, cada vez más y más. Parecía que no escuchara palabra alguna. Su esposa Lucía lo miraba asombrada y Don Marcheno, deliraba. Era evidente que había sido víctima de una gran conmoción interna capaz de llevarlo a la demencia. De repente, levantando el rostro, le pregunta a Lucía:

- Hola Señora Yegua, ¿en qué puedo ayudarle?-de pronto con voz temblorosa exclamó- ¡No, Señora Yegua, no, no, no! Yo no vine a hacerle daño, sólo vine a contar los animalitos otra vez.

Y de ahí en adelante, vivía como desconectado de la realidad, tarareando la incoherente canción que el tiempo y el acelerador de los años volvieron habitual:

“UN ANIMALITO, DOS ANIMALITOS, TRES ANIMALITOS, ¡PUM!!!!!!!!!!”.

¡Ah!, y colorín colorado; Lucía en Monchito nunca debió de haber confiado, ya que la verdad de sus intenciones, él nunca la habría revelado.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Inocencia- Un escrito a la niñez

Cuanto extraño la inocencia que habita en la niñez, donde el enfoque era jugar con todos los demás niños sin importar raza ni clase social.
Como extraño los momentos en que una simple historia podía penetrar a lo más profundo de mi imaginación, llenarla de ensueños y aventuras, hasta quedar extasiado con las hazañas de esos diferentes héroes de fábulas.
En esta etapa de la vida, no se tiene miedo ni rencor, no se guarda envidia y no existe la mentira, ya que como niño te sientes parte de todo un mundo de aventuras y diversión.
Entonces, a medida que los años pasan, sientes como te va envolviendo todo un mundo de vanidad, donde ya los rostros de las personas no expresan una sonrisa autentica, y entonces, vas paulatinamente formando un muro defensivo alrededor de tus sentimientos, para que así el niño que habita en ti no sea vulnerable a quebrarse.

Observamos pues, que somos niños en decadencia, que a diario luchamos por mantenernos en la esfera del respeto y la comprensión, con tal de poder seguir armando los juguetes de nuestra vida.
Debemos, luchar por esos niños que han crecido sin historietas ni héroes, que a menudo luchan contra las influencias negativas de su ambiente, que tienen que pedir para mantener el ego de unos padres irresponsables y por lo tanto, quedan marginados de todo el mundo fascinante de las letras y la educación.
Si nuestros niños se pierden, que será de esta futura generación? Nos vamos a desarrollar a la intemperie, donde ya no existan valores ni morales ni del espíritu, provocando así el gran peligro que habita en poseer una moral relativa. Donde hago lo que me plazca, como sea y cuando sea, sin importar normas establecidas ni circunstancias previas.

Qué mejor inversión para nuestra patria que proveer educación a todo el entorno infantil? Qué mejor siembra que ésta? Observaremos sus frutos a largo plazo, cuando veamos individuos desarrollados y comprometidos por el bien social, llevando a los demás la antorcha del conocimiento, que es aquella que ha alumbrado a su vez, a todas las lumbreras nacionales.

En cada niño hay una pizca de esperanza, no dejes que se marchite.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Simple diálogo con Noel

Noel, por qué has puesto tu mirada destructora en ésta calurosa isla? Es que acaso fuiste enviado por los gritos ahogados de una naturaleza en sufrimiento? Todo parece indicar que eres producto de las voces de los diferentes árboles que han sido arrancados de su raíz, de las playas que ansían sus arenas y de los montes que no aguantan más incendios. Nuestro ecosistema no aguanta más vituperios y han acudido a ti, Noel, con tal de que le sirvas de alarma a la mano destructora del hombre.

Noel, llegaste sin avisar, destruiste miles de familias, traíste brotes y epidemias, colmaste de agua los valles y llanuras, has calado en lo más profundo del alma dominicana hasta el punto de hacerla sufrir desconsoladamente y sin espera de ninguna mano ayuda. Ahora las ratas se burlan de nosotros, Noel, nos enferman y hasta nos matan, parece que la muerte se ha asentado sobre nuestro Himno Nacional de tal manera que ya ni podemos decir: “ Quisqueyanos valientes alcemos, nuestro canto con viva emoción…”

De qué manera podemos disculparnos contigo, Madre Tierra? Escucharías nuestros gritos clamando misericordia a ti o tan sólo nos mirarías si dejáramos de destruir a tus hijos que son las playas y las tierras?

Todavía hay muchos que ni les importa dialogar con los conucos ahogados y sembrar en ella árboles que nos puedan enverdecer otra vez. Sólo observo rostros, ávidos de poder y de propagandas políticas a su favor, con tal de hacer de éste desastre un show televisivo dónde las víctimas se debilitan en su soledad y los fuertes luchan por ganar las masas.

Noel, traíste contigo mucha calamidad, pero también has puesto las cuentas claras. El hombre tendrá que respetar a tu patrona, que es la madre naturaleza, y el dominicano aprenderá a que tal y como dice la palabra de Dios, “maldito el hombre que confía en el hombre”.

jueves, 1 de noviembre de 2007

" Daños irreparables por una tormenta inesperada"

Daños irreparables, barrios destruidos e incomunicados, plantaciones sumergidas y gritos de almas destruidas , todo esto ha ocurrido en un abrir y cerrar de ojos.
Tormenta inesperada, llegó como de repente, con el único propósito de arrebatar el sueño de los dominicanos en tan altas horas. Un calamidad repentina es la que acaba de afectar a mi nación tropical y radiante.
Se hace tan fácil cruzarse de brazos y solamente observar la desgracia de otros en los medios de comunicación, es tan sencillo el solo cambiar los canales de la televisión y ni siquiera sentirse agradecido por el techo que nos cobija y por la sábana que nos abriga.

Al pensar en estas cuestiones, ahora trato de ponerme en el lugar de las víctimas. Cómo sería el panorama de mi vida si yo fuera un padre de familia que al llegar a su casa en medio de un diluvio encuentra que ésta está derrumbada y su familia desaparecida?
O que tal si yo como hijo sobreviviera a este desastre pero mis padres se hubieran ahogado ante mis ojos? Seguiría yo sentado ante tantos comentarios de personas egoístas que buscan convertir estas desgracias humanas en comentarios políticos que solo poseen como un fin el provecho personal?

Es muy fácil escuchar, analizar, comentar, explicar y hablar de lo sucedido. Es muy sencillo el culpar al gobierno, la oposición, los medios, las campañas, pero qué estamos haciendo? Acaso importan más aquellas meras cuestiones que prestar la mano a nuestros hermanos necesitados?

Lideres nacionales, no es cuestión de ganar votos y sumar adeptos a una organización, es cosa de empatía, que es aquel sentimiento que lleva a las almas sensibles a dar la mano al necesitado, de curar al enfermo y de proveerle todo tipo de ayudas.
Figuras religiosas e impulsores de la caridad , los quebrantados de corazón esperan por el alimento tanto físico como espiritual que ustedes tienen la capacidad de otorgar.

Esta nación ha quedado sumergida, pero no lo estará por mucho tiempo. Porque de las aguas renacerán hombres comprometidos por una causa nacional, donde cambiarán los comentarios absurdos por ideales y las deliberaciones las llevarán al plano de las acciones.

La tierra que ahora está destruida y deslizada, espera ansiosamente por que le sea sembrada aquella semilla de esperanza que la hará producir y dar frutos otra vez.

jueves, 18 de octubre de 2007

Percepciones cotidianas

Se hace a veces tan complicado el poder entender los lineamientos de otro ser humano. Es imposible llegar a conocerlos por completo, ya que cada quien posee un gran número de conceptos que muchas veces para ti son ajenos a tu realidad.
Las intenciones de cada uno no las conoce nadie, incluso la persona misma a veces las desconoce; sólo nos queda el tiempo para comprobar si las acciones de los que te rodean se encaminan hacia el bien común.
Es tan fácil cambiar la percepción de otro con el simple uso de las palabras, pero es imposible modificar tu imagen después de que has obrado de una manera errada hacia él.

El lazo de la amistad es tan confuso, que a veces no sabes si estás en la mira de los intereses o si estás unido con los demás por el lazo de la sinceridad. Son muchas las veces en que he pensado, de que ya mi mundo es limitado. Que no quiero conocer más personas, ya que no deseo pasar por más decepciones, por más malentendidos y por tantas elucubraciones insignificantes. Deseo mantener un círculo reducido de personas, ya que así no abarco cantidad sino calidad, exporto ideas e importo soluciones y a la vez hay tolerancia y se achican las indulgencias.

¿ Por qué es tan difícil mantener una amistad a través de los años? Porque a mi entender, amigo es sinónimo de verdad, y la verdad trae consigo dolor y sensatez.
Dolor porque cuando tu amigo te expone con sinceridad las cosas que a su entender has hecho estúpidamente, te sientes como inerme ante él, como si estuvieras bajo una fuerte luz cegadora y a la vez, trae sensatez; porque por medio de éstos consejos es que puedes obrar correctamente.
Vivimos en una realidad confusa, nunca terminarás de conocer a nadie. De quien tú menos esperes algo, duda y aquel a quien crees que conoces, observa.

sábado, 13 de octubre de 2007

Perplejidad

!Qué gran perplejidad envuelve a los seres humanos! Estamos envueltos en una guerra de intereses desde que ha llegado a nosotros el curso de la vida.
Nos maltratamos unos a otros y por otro lado alabamos las apariencias humanas hechas de barro; nos recreamos con ilusiones y sueños y a la vez nos limitamos al no tener el valor de querer hacerlos realidad.

El género humano radica en la incertidumbre, ya que somos reflejo de las luchas internas que a diario libramos; nos volvemos introvertidos con tal de no recibir daño alguno y sacamos nuestras garras cuando se trata de enaltecer nuestros logros y elogios personales.
De qué sirve el nombre, la fortuna, el engrandecerse; cuando a la larga tendremos que encarar una muerte inminente que sólo las encaran aquellos que han llevado una existencia digna? Por esto expreso, no hay mayor felicidad para el anciano; que al llegar al ocaso de sus días, se deleita en el afecto recibido por sus seres queridos y en la dulce memoria de sus acciones de antaño.
Aquel que es quebrantado de corazón, es el más feliz de todos, porque sabe que no alcanzará glorias celestes, ni favores divinos; sin antes haber sido procesado por el fuego de la humildad.
Por tanto, ya que ésta vida es pasajera y no eterna, por qué ocuparse en simples diatribas, chismes y conjeturas? Por qué otorgarle al necio el placer de escuchar sus injurias? Por qué afligirse si al final las páginas de nuestra historia darán a relucir lo que en realidad fuimos?

Estamos planeando en medio de turbulentas pasiones humanas, que sólo aquel que en éstas meras cosas no tiene su enfoque podrá esquivarlas con facilidad.
Por lo tanto, la humanidad en sí, posee grandes defectos; pero sólo unos cuantos, logran saborear los placeres de la tranquilidad interior.